Por: Dalila Martínez
Foto: Programa de Chicago el musical, 2008
¡Pero qué noche! Balazos, asesinas, un abogado que más bien parecía alguien de relaciones públicas, la celadora tipo manager de la cárcel de mujeres y… ¡Bang!, el amante que cayó inmediatamente cuando le disparó esa mujer pelirroja que se justificaba con eso de que ya estaba harta de que la dejara plantada.
La gente se abarrotaba en la entrada para poder ver qué pasaba dentro, sin embargo los guardias mantenían el orden, mientras otro hombre más era quien recibía los boletos para que se fuera llenando el teatro Emiliana de Zubeldía porque Chicago, el musical, iba dar inicio.
Lo primerito que se hace al entrar a un teatro es agarrar el mejor lugar, no vaya ser que no dejen ver los de enfrente y más si son altos; por ahí en el ala izquierda justo enfrente de mi asiento estaba mi profesor de prácticas del semestre antepasado, Enrique Rivera. En unas butacas de en medio vi a Zoe, una ex compañera de clase, que se acompañaba de su abuelita y en el ala derecha las personas ya no tenían rostro, básicamente estaba negro de aquél lado.
¡Ay, que ya empiece! –le digo a mi acompañante-, mientras que la gente seguía llenando el lugar, voces al unísono pero con diversas charlas, el escenario con luz tenue, el frío de la refrigeración algo enfadoso, sinceramente envidiaba el aire fresco otoñal que corría afuera, seguí observando y repentinamente… todo en tinieblas.
“¡Bienvenidos sean todos ustedes, van a presenciaaar…!” Velma Kelly –una de las asesinas protagónicas-, y su minúsculo vestido negro, cabello lacio y corto moviéndose elegantemente mientras su voz y sus pasos aparecieron en el escenario para presentar la obra finalmente.
Empezó todo con una escena sorpresiva: el asesinato del guapetón Fred Caselly, se cayeron junto con él unos pantalones pegados de vestir sostenidos por unos tirantes, el sombrero peculiar que portaba en su cabeza de igual manera salió volando con el disparo y teatralmente sus ojos aborregados se cerraron para siempre; para mi asombro era un papel interpretado por el compañero de clase que me vendió las entradas para el musical –el Pepe.
A esas alturas ya tenía los ojos de canica porque el jazz, las coreografías y la trama era algo que no me esperaba, puesto que a un musical no se va todos los días; es la primera vez que veo que el crimen parecía gustarle a la gente.
Y qué decir de Roxie Hart – la pelirroja del papel protagónico que resultó ser hermana de la Zoe-, que cuando tocó su turno parecía que no cantaba ni una de cumbia, pero ¡vaya sorpresa!, lo hacía precioso además de un encantador desenvolvimiento escénico que hacía lucir su belleza, gracia y talento; obviamente su papá que estaba a dos asientos atrás de mí por haber llegado tarde, también lo notó.
Aunque el musical empezó genial, mis manos aun estaban aferradas una de la otra negándose a aplaudir, hasta que apareció Mary Sunshine: realmente estaba depilada, su piel blanquísima se miraba desde nuestras butacas como de ángel, sus ojos de muñeca – grandes y pestañados- brillaban fenomenal, traía un vestido negro en forma de batita, corto, de lentejuelas, una mascada plumífera que hacía juego con el bolígrafo rosado que usaba para las notas – era reportera-, que era del tamaño de una pluma de avestruz y para rematar su largas extensiones brillantes se movían al compás de la canción que interpretaba con una bellísima voz de contratenor. Efectivamente, quien hacía el papel de ella era Carlos, otro conocido de la carrera.
La emoción, las risas discretas de admiración, muchos ojos sorprendidos y los aplausos acalorados eran para el muchacho que se aventuró a subirse a unos tacones de charol y desatar la expectación del público, quien después de esto ya quería saber qué escena era la próxima.
Muchachas sensuales – las demás asesinas-, eran quienes bailaban y cantaban entre las escenas principales, vestidas de negro, de todas las tallas y colores, la más piernuda de ellas era la coreógrafa de la obra, según decía en el reparto que venía en los programas que pusieron en una mesa de la entrada. Una por una contaba su historia mientras hacían movimientos que difícilmente podía desatender el público masculino, algunas eran muy bien dotadas.
De vez en cuando echaba un vistazo para todos lados para saber qué pasaba con los demás, y era lo mismo: miradas clavadas al frente, en la parte superior trasera los reflectores lanzando la luz caliente hacia quien estuviera atrapando al público, dos secciones del teatro totalmente llenas y la izquierda donde estábamos nosotros, sólo tenía unos cuantos asientos fríos.
¡Qué rápido se fue la primera hora! Porque de repente mandaron a un intermedio de cuarto de hora; mucha gente permaneció dentro, otros pocos salimos unos segundos a tomar aire, que más bien era una densa nube de tabaco quemado de los que se estaban muriendo por fumarse un cigarro durante la obra. De nuevo a las butacas.
Cuando todo parecía estar bien con la representación, mejoró la cosa. Amos Hart, el marido incondicional de la pelirroja infiel ya había salido a escena, pero conforme pasaban las situaciones de la trama daba tanta gracia por la ternura con la que las hacía, o cuando cantó “celofán, soy el hombre celofán...” arrancó un tremendo y suspirante ¡aaah!, en las muchachas; pero no sólo eso causaba risa picaresca, también la vestimenta consistente en un pantalón de vestir gris, zapatos oscuros bien boleados, camisa blanca impecable debajo de un suéter negro por el cual se asomaban las solapas y las mangas de la misma. Yo creo que a todas se les antojó tener un marido tan dulce, tierno y sacrificado como él, ¿habrá alguno así de sumiso? Seguí viendo.
Nadie notaba la diferencia entre los años veinte y el dos mil ocho (en ese entonces), era como si nos hubieran encapsulado en una burbuja para transportarnos al contexto social de esa época, o nos llegara un deja- vuh por los mismos temas actuales como el amarillismo, la prensa sensacionalista que hace del criminal una estrella, la revelación femenina, la mafia dentro de la cárcel, problemáticas que ilustraban la obra y que existen en la sociedad contemporánea. – Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia-, reía para mis adentros mientras disfrutaba del desempeño de los actores.
“Sólo faltan las palomitas”, me dice en voz baja el muchacho que iba conmigo, a lo cual le respondo “si no estamos en el cine”, reímos y mejor seguimos viendo la obra porque las muchachas de enfrente volteaban como para ver quien estaba hablando y callarnos, lo curioso es que ellas de vez en cuando se echaban la platicada.
¡Cómo se reían con la pelirroja! Más cuando compartía escenario con Billy Flynn, el abogado que sacaba criminales de la cárcel gracias a su capacidad de inventar historias, ese que tenía una barba exótica y siempre de traje negro (para variar), cabello bien peinado; o con Mami Morthon, vestida también con ropa oscura, cabello recogido hacia atrás, labios de grana, esa celadora que se hacía casi representante artística de la asesina más cotizada de Chicago – en este caso Roxie Hart porque Velma Kelly ya había pasado de moda.
Canción tras canción se agotaba la segunda hora, todo resultaba nuevo para mí, pues el único musical que había visto era el de “Sweeney Todd: el barbero demoniaco de la calle Fleet”, un filme de Tim Burton donde protagoniza Johnny Depp y que vi tristemente en el cine; por lo tanto para mi Chicago se llevó el titulo de “es la primera vez que…”
Roxie y Velma salieron libres, otro crimen las reemplazó, el trono que se disputaron durante toda la obra y usando artimañas (como el embarazo ficticio de la pelirroja Hart), finalmente fue ocupado por alguien más, así que decidieron unirse para dar shows donde bailarían graciosamente al ritmo de ¿Colofox?
Fue entonces que más de uno caímos en cuenta de que originalmente esta pieza de jazz es de Chicago y no del programa de Galilea Montijo, “Vida TV”, donde se colocaban en fila para festejar a algún participante ganador usando pasos como los de las actrices de Chicago. Apuesto que si se hace una encuesta donde se pregunte con qué ubican la canción la mayoría diría que con “la Gali” – ¡Lo que es la ignorancia!
Se ennegreció todo el ambiente de nuevo, señal de que el musical había llegado a su fin, el jazz había dejado de sonar. Como los aplausos no cesaban los actores tuvieron que salir uno a uno para la presentación según los fuese llamando la voz del abogado Flynn que provenía de atrás del telón.
Las palmas no dejaban de sonar aunque la gente las tuviera adoloridas porque las bailarinas, el amante, las asesinas, Mami, el alguacil, la peculiar reportera de la pluma de ave, estaban saliendo por última vez a este escenario, y ya cuando se creía que no podían sonar más los aplausos sale Amos Hart, el esposo ideal, representado por Esteban Pavlovich, quien logra que las ovaciones resuenen por cada rincón del teatro; quién iba pensar que él sería “el tontito que se llevó la noche” – así le denominé mentalmente debido a su personaje genialmente dulce para muchas de nosotras. Era él sin quererlo la estrella de Chicago.
El jazz comenzó a sonar de nuevo para despedirnos, la presentación de ese primero de octubre (único día) a las ocho de la noche había sido un éxito a diferencia de la función de las seis de la tarde, donde los nervios hicieron estragos – según lo que me compartió Pepe al día siguiente el público no se dejó llevar como nosotros- ; y si me volvieran a preguntar lo que me pareció, respondería de nuevo: ¡Me encantó!
Las luces se apagaron definitivamente esta vez, era extraño volver a nuestra época oyendo aun los compases de jazz en nuestra cabeza y al bajar la montaña de escalones del museo, el aire continuaba ahí como si nada hubiera pasado, mi acompañante y yo seguimos caminando rumbo a su carro con una sonrisa dibujada en la cara, el musical definitivamente nos había fascinado.
Las llantas se movían por la Rosales rumbo al Luis Encinas porque el semáforo frente al flash se había teñido de rojo.
De esto ya hace casi once meses meses y aun parece que fue ayer.
La gente se abarrotaba en la entrada para poder ver qué pasaba dentro, sin embargo los guardias mantenían el orden, mientras otro hombre más era quien recibía los boletos para que se fuera llenando el teatro Emiliana de Zubeldía porque Chicago, el musical, iba dar inicio.
Lo primerito que se hace al entrar a un teatro es agarrar el mejor lugar, no vaya ser que no dejen ver los de enfrente y más si son altos; por ahí en el ala izquierda justo enfrente de mi asiento estaba mi profesor de prácticas del semestre antepasado, Enrique Rivera. En unas butacas de en medio vi a Zoe, una ex compañera de clase, que se acompañaba de su abuelita y en el ala derecha las personas ya no tenían rostro, básicamente estaba negro de aquél lado.
¡Ay, que ya empiece! –le digo a mi acompañante-, mientras que la gente seguía llenando el lugar, voces al unísono pero con diversas charlas, el escenario con luz tenue, el frío de la refrigeración algo enfadoso, sinceramente envidiaba el aire fresco otoñal que corría afuera, seguí observando y repentinamente… todo en tinieblas.
“¡Bienvenidos sean todos ustedes, van a presenciaaar…!” Velma Kelly –una de las asesinas protagónicas-, y su minúsculo vestido negro, cabello lacio y corto moviéndose elegantemente mientras su voz y sus pasos aparecieron en el escenario para presentar la obra finalmente.
Empezó todo con una escena sorpresiva: el asesinato del guapetón Fred Caselly, se cayeron junto con él unos pantalones pegados de vestir sostenidos por unos tirantes, el sombrero peculiar que portaba en su cabeza de igual manera salió volando con el disparo y teatralmente sus ojos aborregados se cerraron para siempre; para mi asombro era un papel interpretado por el compañero de clase que me vendió las entradas para el musical –el Pepe.
A esas alturas ya tenía los ojos de canica porque el jazz, las coreografías y la trama era algo que no me esperaba, puesto que a un musical no se va todos los días; es la primera vez que veo que el crimen parecía gustarle a la gente.
Y qué decir de Roxie Hart – la pelirroja del papel protagónico que resultó ser hermana de la Zoe-, que cuando tocó su turno parecía que no cantaba ni una de cumbia, pero ¡vaya sorpresa!, lo hacía precioso además de un encantador desenvolvimiento escénico que hacía lucir su belleza, gracia y talento; obviamente su papá que estaba a dos asientos atrás de mí por haber llegado tarde, también lo notó.
Aunque el musical empezó genial, mis manos aun estaban aferradas una de la otra negándose a aplaudir, hasta que apareció Mary Sunshine: realmente estaba depilada, su piel blanquísima se miraba desde nuestras butacas como de ángel, sus ojos de muñeca – grandes y pestañados- brillaban fenomenal, traía un vestido negro en forma de batita, corto, de lentejuelas, una mascada plumífera que hacía juego con el bolígrafo rosado que usaba para las notas – era reportera-, que era del tamaño de una pluma de avestruz y para rematar su largas extensiones brillantes se movían al compás de la canción que interpretaba con una bellísima voz de contratenor. Efectivamente, quien hacía el papel de ella era Carlos, otro conocido de la carrera.
La emoción, las risas discretas de admiración, muchos ojos sorprendidos y los aplausos acalorados eran para el muchacho que se aventuró a subirse a unos tacones de charol y desatar la expectación del público, quien después de esto ya quería saber qué escena era la próxima.
Muchachas sensuales – las demás asesinas-, eran quienes bailaban y cantaban entre las escenas principales, vestidas de negro, de todas las tallas y colores, la más piernuda de ellas era la coreógrafa de la obra, según decía en el reparto que venía en los programas que pusieron en una mesa de la entrada. Una por una contaba su historia mientras hacían movimientos que difícilmente podía desatender el público masculino, algunas eran muy bien dotadas.
De vez en cuando echaba un vistazo para todos lados para saber qué pasaba con los demás, y era lo mismo: miradas clavadas al frente, en la parte superior trasera los reflectores lanzando la luz caliente hacia quien estuviera atrapando al público, dos secciones del teatro totalmente llenas y la izquierda donde estábamos nosotros, sólo tenía unos cuantos asientos fríos.
¡Qué rápido se fue la primera hora! Porque de repente mandaron a un intermedio de cuarto de hora; mucha gente permaneció dentro, otros pocos salimos unos segundos a tomar aire, que más bien era una densa nube de tabaco quemado de los que se estaban muriendo por fumarse un cigarro durante la obra. De nuevo a las butacas.
Cuando todo parecía estar bien con la representación, mejoró la cosa. Amos Hart, el marido incondicional de la pelirroja infiel ya había salido a escena, pero conforme pasaban las situaciones de la trama daba tanta gracia por la ternura con la que las hacía, o cuando cantó “celofán, soy el hombre celofán...” arrancó un tremendo y suspirante ¡aaah!, en las muchachas; pero no sólo eso causaba risa picaresca, también la vestimenta consistente en un pantalón de vestir gris, zapatos oscuros bien boleados, camisa blanca impecable debajo de un suéter negro por el cual se asomaban las solapas y las mangas de la misma. Yo creo que a todas se les antojó tener un marido tan dulce, tierno y sacrificado como él, ¿habrá alguno así de sumiso? Seguí viendo.
Nadie notaba la diferencia entre los años veinte y el dos mil ocho (en ese entonces), era como si nos hubieran encapsulado en una burbuja para transportarnos al contexto social de esa época, o nos llegara un deja- vuh por los mismos temas actuales como el amarillismo, la prensa sensacionalista que hace del criminal una estrella, la revelación femenina, la mafia dentro de la cárcel, problemáticas que ilustraban la obra y que existen en la sociedad contemporánea. – Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia-, reía para mis adentros mientras disfrutaba del desempeño de los actores.
“Sólo faltan las palomitas”, me dice en voz baja el muchacho que iba conmigo, a lo cual le respondo “si no estamos en el cine”, reímos y mejor seguimos viendo la obra porque las muchachas de enfrente volteaban como para ver quien estaba hablando y callarnos, lo curioso es que ellas de vez en cuando se echaban la platicada.
¡Cómo se reían con la pelirroja! Más cuando compartía escenario con Billy Flynn, el abogado que sacaba criminales de la cárcel gracias a su capacidad de inventar historias, ese que tenía una barba exótica y siempre de traje negro (para variar), cabello bien peinado; o con Mami Morthon, vestida también con ropa oscura, cabello recogido hacia atrás, labios de grana, esa celadora que se hacía casi representante artística de la asesina más cotizada de Chicago – en este caso Roxie Hart porque Velma Kelly ya había pasado de moda.
Canción tras canción se agotaba la segunda hora, todo resultaba nuevo para mí, pues el único musical que había visto era el de “Sweeney Todd: el barbero demoniaco de la calle Fleet”, un filme de Tim Burton donde protagoniza Johnny Depp y que vi tristemente en el cine; por lo tanto para mi Chicago se llevó el titulo de “es la primera vez que…”
Roxie y Velma salieron libres, otro crimen las reemplazó, el trono que se disputaron durante toda la obra y usando artimañas (como el embarazo ficticio de la pelirroja Hart), finalmente fue ocupado por alguien más, así que decidieron unirse para dar shows donde bailarían graciosamente al ritmo de ¿Colofox?
Fue entonces que más de uno caímos en cuenta de que originalmente esta pieza de jazz es de Chicago y no del programa de Galilea Montijo, “Vida TV”, donde se colocaban en fila para festejar a algún participante ganador usando pasos como los de las actrices de Chicago. Apuesto que si se hace una encuesta donde se pregunte con qué ubican la canción la mayoría diría que con “la Gali” – ¡Lo que es la ignorancia!
Se ennegreció todo el ambiente de nuevo, señal de que el musical había llegado a su fin, el jazz había dejado de sonar. Como los aplausos no cesaban los actores tuvieron que salir uno a uno para la presentación según los fuese llamando la voz del abogado Flynn que provenía de atrás del telón.
Las palmas no dejaban de sonar aunque la gente las tuviera adoloridas porque las bailarinas, el amante, las asesinas, Mami, el alguacil, la peculiar reportera de la pluma de ave, estaban saliendo por última vez a este escenario, y ya cuando se creía que no podían sonar más los aplausos sale Amos Hart, el esposo ideal, representado por Esteban Pavlovich, quien logra que las ovaciones resuenen por cada rincón del teatro; quién iba pensar que él sería “el tontito que se llevó la noche” – así le denominé mentalmente debido a su personaje genialmente dulce para muchas de nosotras. Era él sin quererlo la estrella de Chicago.
El jazz comenzó a sonar de nuevo para despedirnos, la presentación de ese primero de octubre (único día) a las ocho de la noche había sido un éxito a diferencia de la función de las seis de la tarde, donde los nervios hicieron estragos – según lo que me compartió Pepe al día siguiente el público no se dejó llevar como nosotros- ; y si me volvieran a preguntar lo que me pareció, respondería de nuevo: ¡Me encantó!
Las luces se apagaron definitivamente esta vez, era extraño volver a nuestra época oyendo aun los compases de jazz en nuestra cabeza y al bajar la montaña de escalones del museo, el aire continuaba ahí como si nada hubiera pasado, mi acompañante y yo seguimos caminando rumbo a su carro con una sonrisa dibujada en la cara, el musical definitivamente nos había fascinado.
Las llantas se movían por la Rosales rumbo al Luis Encinas porque el semáforo frente al flash se había teñido de rojo.
De esto ya hace casi once meses meses y aun parece que fue ayer.
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