Hacía mucho tiempo que Enrique no se despertaba con lágrimas en los ojos, ya todo iba marchando linealmente en su mundo. De repente parece que la vida no es para él, puesto que la cama parece mejor compañera por estos días.
Un torrente de pensamientos, imágenes y cuanto ingrediente es bueno para deprimirse le dio los buenos días en cuanto abrió los ojos, la mente... de nuevo a vivir.
Y ahí estaban, resbalando de sus claros ojos, surcando su tez blanca, sin conseguir llegar mas allá. Fueron las únicas lágrimas, pero llenas de amargura y dolor; un dolor que nadie puede deshacer por él, pues las cosas nunca suceden como se esperan, y esperar a veces cansa.
"Buenos días Enrique", se dijo frente al alargado espejo colocado en algún lugar de su habitación, y la única respuesta que recibió fue su imagen maltrecha desviando la mirada.
Después de alimentarse escasamente, el muchacho recorre tristemente con la mirada sus dos habitaciones, que es todo lo que tiene por el momento, y a pesar de que tiene algunas cosas que realizar, nada le motiva, parece que todo ha perdido el sentido.
De repente pierde su mirada, el sueño de la noche anterior le resulta mas atrayente que la realidad, lo recuerda gracias a las peculiares imágenes que representaban un cielo nublado, con un enorme rayo atravesando el cielo en una trayectoria de trescientos sesenta grados, mientras él lo seguía con la mirada hasta que terminó en una explosión muy cercana a donde estaba parado, cuando él se pudo incorporar y regresar al sitio donde se originó todo pudo ver que ese rayo arrojó a la tierra a tres diminutos hombrecitos que venían vestidos espacialmente y uno de ellos armado con descargas eléctricas con las que amenazaba a Enrique. En el sueño también visualizaba a la persona que ama, también preparándose para una misión que tienen que cumplir juntos, pues los hombrecitos no habían venido precisamente de visita... pero esta es otra historia.
La noche anterior, Enrique había tenido una charla acalorada con su amada, dijo cosas dolorosas y a pesar de haberse desahogado diciéndolas, nada vuelve a su sitio esta mañana, se siente derrotado, el no saber qué es lo que puede arrancar estos sentimientos de su pecho es lo más desesperante para él. Tal vez espera demasiado de la vida, o quizás la vida espera demasiado de él. Lo que si es seguro es que las palabras ya no arreglan nada.
Mientras más pensamientos egoístas se retan a duelo con la sensatez, más desesperación inunda el corazón de Enrique, pues si usa la razón tendrá que aguantarse sus sentimientos y si accede a hacer su voluntad tampoco hallará reposo. Se encuentra en una terrible disyuntiva que no le deja otra opción que elegir una de dos o crear una tercera.
Nuevas lágrimas emergen de sus ojos, esta vez son abundantes y de desesperación, pues no sabe cómo se va sentir o que hará cuando vuelva a ver a Gloria, pues tiene la doble herida de haberla ofendido y de sentirse defraudado. Pero la ama, la ama tanto que no se lo dice, al menos no con palabras, la ama tan intensamente que teme perderle en cualquier momento. Ella es todo cuanto le hace feliz. Un solo abrazo suyo basta para sentir que se puede abandonar ahí sin regreso.
Se ha tranquilizado después de llorar, por su ventana sólo se ve a lo lejos la altura, un buen sitio para quedarse quieto y a solas, mientras que el viento arranca los pensamientos inútiles y se los lleva muy lejos. "Ojalá estuviera ahí" pensaba el joven.
"Gloria, Gloria, mi Gloria..."
[dma]
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